viernes, 25 de julio de 2014

Esperas que desesperan.

Una vez que supe de mi embarazo comencé a leer algunos artículos y libros. Antes sólo los leía mi marido, una parte de mi se rehusaba a hacerlo, simplemente me decía a mi misma: "tranquila, no es momento".
Mi marido me había comprado una agenda, pensé que podía llevar ahí el registro de los pormenores durante esos 9 meses... seamos realistas, aunque digan que para todo hay tiempo al final resulta una mentira, no hubo tal registro para mi.
Si bien han valido la pena, esos meses en espera han sido de los más largos de mi vida.
Platicando con mi marido, acordamos en dar la noticia en breves a la familia y amigos cercanos, mientras al resto de los familiares y conocidos después del tercer mes, cuando han pasado los primeros riesgos del embarazo.
Cada día después de despertar, volteaba disimuladamente al espejo y observaba el progreso en el crecimiento de la barriga, casi nulo durante los primeros 4-5 meses. En las revisiones mensuales preguntaba por el tamaño del bebé, todo en orden, lo que me decían en consulta era que la barriga no se botaba porque soy poseedora de una caja amplia, punto para mamá.
Usualmente durante ésta temporada solían atacarme con la constante interrogante del "¿y tú qué quieres? ¿niño o niña? debes tener alguna preferencia", mi único deseo era que estuviera sano(a), me di cuenta de que no soy de esas mamás que se inclinan por tener hijos de determinado sexo, me emocionaba igual si nacía niña que si nacía niño.
Alrededor del cuarto mes creímos que, con algo de suerte, lograríamos saber el sexo del bebé, pero no. Al pequeño le fascinaba pasar el rato sentado con las piernas cruzadas, ligeramente pudoroso. Después de varios intentos, casi en el sexto mes, nos dijeron que se trataba de un varón. La verdad nunca confié totalmente en dicha afirmación, puesto que antes de que naciera mi hermana menor le habían dicho lo mismo a mi mamá, al final su varón resultó mujer, claro ahora con casi 17 años de diferencia, es probable que los aparatos para las ecografías sean un tanto más nítidos. Igual, decidí que esperaría hasta el momento del nacimiento.
Ocasionalmente mi trabajo y las actividades en el hogar aminoraban la espera, al contrario me iban a hacer falta días para alistar el terreno antes de la llegada.
Durante el último mes y medio la pregunta principal resultaba ser "¿y qué vas a querer: cesárea o parto normal?". Y de no responder de manera que complacieras a la persona, el siguiente comentario que me expresaban era en tono de lamentación. Sinceramente creo que no debería preocuparles que harán los médicos con tu cuerpo, puesto que ellos son los expertos en la materia, por algo los consultamos.
En lo personal padezco horribles fobias a las agujas (jeringas, inyecciones, intravenosas, etc.) y a la sangre (raspones, heridas, hemorragias, etc.) cualquier opción para el nacimiento del primogénito resultaba aterrador para mi. Había superado ya 2 pruebas de sangre (las de rutina) y estaba en espera de la decisión de los médicos.
Un mes antes de la fecha esperada, durante la revisión de rutina, mi ginecóloga en turno nos informó que dadas las medidas del bebé, la fecha de nacimiento se adelantaba, a eso había que sumarle que la perezosa de la placenta no había hecho su recorrido como debía ser y decidió quedarse como placenta posterior previa. La decisión del tipo de nacimiento fue una cesárea, la ginecóloga nos explicó que si se optara por un parto normal ambos (mamá y bebé) corríamos diversos riesgos. Ahora sólo tenía que preocuparme por mi cirugía (descarté todos los padecimientos de un parto normal).
Ese mismo día comenzaba mi incapacidad por maternidad, de ahí en adelante mis chequeos serían semanales y ante señal de algo anormal teníamos que correr, literalmente, al hospital. Todo estaba programado, me internarían un miércoles temprano por la mañana. 
No sé para quien sería más larga la espera, si para papá o para mamá. Mi marido me tachaba sutilmente de egoísta porque tenía al bebé todo el tiempo conmigo, era la acaparadora por naturaleza. Y cuando me preguntaban si ya quería que naciera, mi respuesta más sincera fue "prefiero que se quede ahí adentro, ahí sé que está bien, no le falta nada, no tiene frío ni calor, estoy más tranquila", eso ha sido lo más sincero que he dicho en mi vida.


No hay comentarios.:

Publicar un comentario